"Mientras que Pablo estuviera en La Catedral sus enemigos sabrían dónde encontrarlo. Esa era justamente la razón por la que había escogido aquel emplazamiento en una empinada ladera escarpada". KILLING PABLO // Mark Bowden // Pág. 176
Por Alejandro Ramírez Morón
@aleramirezve
Se trata de un criminal, y eso es algo claro. Pero lo fascinante del personaje es cómo fue capaz de imantar amores y odios a la par en su natal Colombia. El Patrón del Mal, quizás la serie más sonada de las dos que se hicieron en la hermana república, fue un verdadero batacazo de rating, con lo cual, cabe entender que Escobar a su muerte –descanse en paz o no- dejó la estela de un maestro, de un genio, un perfecto dominador del arte del delito.
No me gusta hablar en primera persona, cuando escribo este tipo de textos, pero creo que es pertinente aclarar que en lo personal no considero a Escobar un modelo de vida. Es decir, no lo tomaría como un ejemplo a seguir, pero sí como un caso de análisis por lo menos apasionante. Luego, había en Escobar el alma de un artista. ¿En qué sentido? Coleccionaba libros, incluso de Gabo, y tenía colecciones de esto y de aquello, las tres ediciones de El Padrino, etcétera. O sea, no gastaba su dinero sólo en mujeres y vicio. Había detrás del delincuente, cierto aire bohemio o sibarita.
Es el caso también de uno de los capos más sonados de Venezuela: el Mexicano. Era un hombre culto, muy culto, que dominaba varios idiomas, y que –cuando fue sometido a una cacería en manos de Iván Simonovis, en el Amazonas- salió airoso por la calle del medio. Al Mexicano se le vio años después, hacia el año 2000, en manifestaciones junto a Lina Ron. Uno puede discutir la tesitura moral de este tipo de hombres, y discutirla hasta el hartazgo, pero no subestimarlos.
Sin embargo, ante la historia, Escobar tiene el rango de un Al Capone. Es decir, se trata de un emblema, de una leyenda, y si bien “el crimen no paga” como dice la conseja popular, nadie puede restar mérito a Escobar, quien a esta hora marcó la historia del crimen, como Picasso la de la pintura, o Baudelaire la de las letras.
Si uno se detiene en La Catedral, esa cárcel a la medida que logró ensamblarse, cuando el presidio se le hizo inevitable, podrá entender que hace falta estar dotado de una neurona muy potente, para imponerle al status quo de Colombia, victoriano como pocos, una ristra de placeres y lujos en plena condena. Cavó un túnel desde el primer día. Escondió cantidades ingentes de dinero en latas de leche, en los alrededores de La Catedral, y llegada la hora: se fugó. Plufff…
Dice Cristo que hay que dar al César lo que es del César. Y ese es el único propósito del Señor Matanza Project. No se trata de hacer apología del delito. Se trata de justipreciar la figura de El Patrón. Como ya se dijo en una entrega previa, Escobar fue el Picasso del crimen.
FIN
