lunes, 9 de diciembre de 2019

Pablo Escobar: un hombre de huevos



Por Alejandro Ramírez Morón 

@aleramirezve 

Pablo Escobar era un hombre de huevos. Si uno sigue la trama del capítulo 1 de la serie “El Patrón del Mal” podrá ver cómo desde niño Don Pablo era un chico arriesgado, pero astuto. Roba la previa de un examen de matemáticas, y lo descubre el profesor. Su madre, madre al fin, le da una lección que El Patrón aprendería de por vida: “tigre tiene que saber a quién le ronca”. “Que no lo descubran, Pablo Emilio”, le lanza la madre en pleno regaño.

Luego, Escobar se asocia con el Alguacil, y tratan de mover más de 30 camiones de contrabando por la frontera. Lo enfrenta una alcabala de la milicia, y Escobar ofrece unos tiros o nada. Le dejan pasar los camiones y allí se gana la confianza de su patrón. Luego, recibe unos fajos por la jornada y da una fiesta en su cumpleaños, el 1 de diciembre. Allí se enamora de Patricita, y su hermano lo entra a trompadas cuando los encuentra abrazados tras una cortina.

El Patrón responde una vez más como un hombre de coraje y astucia. Palabrea al hermano de Patricita y le ofrece un trago de aguardiente. ¿Qué quiero resaltar con esto? Hay miles de “hombres de bien”, cum laude en la Sorbona, y título nobiliario de por medio, que no valen medio centavo picado por la mitad. He dicho en otras entregas que Pablo era el Picasso del Crimen. Un genio del arte del crimen. Un genio de a pie, un genio del vulgo, del común.

Finalmente, en ese primer capítulo de “El Patrón del Mal” va con el Alguacil a un barrio muy importante, donde tiene lugar una pelea de gallos. Su apuesta es la ganadora. Y se ve a Pablo jovencito, muy ufano, cuando gana el torneo de gallos. La serie lo vende como un ganador nato. Y eso es lo que él era en realidad. Llega a ser el 7mo hombre más rico del mundo, pero muere asesinado en una azotea de Medellín, con apenas 44 años.

El crimen no paga. Pero es una importante reflexión para los que estamos de lado de la ley, que hay hombres como Escobar, Al Capone, o el Don Corleone que pintó Mario Puzo, que plantan cara a las injusticias de la sociedad, desde el lado de la contra ley. Y lo hacen con ideales. Lo hacen tal vez con Dios en el corazón. Una lección para la Iglesia en medio de escándalos de pederastia entre nuestros pastores. Pablo es sólo ejemplo de un genio, pero se le iba la mano. Era muy cruel.

Quiero decir para cerrar que la serie “El Patrón del Mal” está realmente bien producida. En ese capítulo, Pablo suelta una frase que bien puede resumir su vida: “el que mucho pregunta, mucho quiere contar”. En ese capítulo llega hasta la cocaína. Esa sustancia mágica y letal que marcó a la Colombia del siglo XX. Pablo era un hombre de huevos. Un hombre de coraje y astucia. La virtud no siempre está del lado de la ley. Y la carencia de vicios, añade muy poco a la virtud. Pablo hizo lo que tuvo que hacer, cuando lo tuvo que hacer. A hierro mató, y a hierro murió.

FIN


domingo, 27 de octubre de 2019

Un capo sibarita o de cómo Escobar burló el status quo


"Mientras que Pablo estuviera en La Catedral sus enemigos sabrían dónde encontrarlo. Esa era justamente la razón por la que había escogido aquel emplazamiento en una empinada ladera escarpada". KILLING PABLO // Mark Bowden // Pág. 176 


Por Alejandro Ramírez Morón 

@aleramirezve 

Lo legítimo de la lucha de Pablo Escobar, puede ser discutido, según se le mire. Era un hombre que sentía cierta admiración por el Che Guevara, pero a la vez tenía gustos de magnate, para nada propios de un comunista. No quiero decir que El Patrón fuera comunista, pero –sin duda-, sus luchas estaban enraizadas con la izquierda.

Se trata de un criminal, y eso es algo claro. Pero lo fascinante del personaje es cómo fue capaz de imantar amores y odios a la par en su natal Colombia. El Patrón del Mal, quizás la serie más sonada de las dos que se hicieron en la hermana república, fue un verdadero batacazo de rating, con lo cual, cabe entender que Escobar a su muerte –descanse en paz o no- dejó la estela de un maestro, de un genio, un perfecto dominador del arte del delito.

No me gusta hablar en primera persona, cuando escribo este tipo de textos, pero creo que es pertinente aclarar que en lo personal no considero a Escobar un modelo de vida. Es decir, no lo tomaría como un ejemplo a seguir, pero sí como un caso de análisis por lo menos apasionante. Luego, había en Escobar el alma de un artista. ¿En qué sentido? Coleccionaba libros, incluso de Gabo, y tenía colecciones de esto y de aquello, las tres ediciones de El Padrino, etcétera. O sea, no gastaba su dinero sólo en mujeres y vicio. Había detrás del delincuente, cierto aire bohemio o sibarita.

Es el caso también de uno de los capos más sonados de Venezuela: el Mexicano. Era un hombre culto, muy culto, que dominaba varios idiomas, y que –cuando fue sometido a una cacería en manos de Iván Simonovis, en el Amazonas- salió airoso por la calle del medio. Al Mexicano se le vio años después, hacia el año 2000, en manifestaciones junto a Lina Ron. Uno puede discutir la tesitura moral de este tipo de hombres, y discutirla hasta el hartazgo, pero no subestimarlos.

Sin embargo, ante la historia, Escobar tiene el rango de un Al Capone. Es decir, se trata de un emblema, de una leyenda, y si bien “el crimen no paga” como dice la conseja popular, nadie puede restar mérito a Escobar, quien a esta hora marcó la historia del crimen, como Picasso la de la pintura, o Baudelaire la de las letras.

Si uno se detiene en La Catedral, esa cárcel a la medida que logró ensamblarse, cuando el presidio se le hizo inevitable, podrá entender que hace falta estar dotado de una neurona muy potente, para imponerle al status quo de Colombia, victoriano como pocos, una ristra de placeres y lujos en plena condena. Cavó un túnel desde el primer día. Escondió cantidades ingentes de dinero en latas de leche, en los alrededores de La Catedral, y llegada la hora: se fugó. Plufff…

Dice Cristo que hay que dar al César lo que es del César. Y ese es el único propósito del Señor Matanza Project. No se trata de hacer apología del delito. Se trata de justipreciar la figura de El Patrón. Como ya se dijo en una entrega previa, Escobar fue el Picasso del crimen.

FIN

lunes, 8 de julio de 2019

PLOMAZO DELUXE



Por Alejandro Ramírez Morón

@aleramireve

Hay todo un culto en torno a la figura de Pablo Escobar. Incluso, uno de sus hijos intentó comercializar una línea de ropa con su nombre, y le fue vetada la venta por las autoridades internacionales. Apología al delito. Y es verdad. Tampoco podemos subir a Escobar a un pedestal. Insisto: se le iba la mano, y ya no sabía cómo enmendar. Era un genio. Pero se le iba la mano.

En Colombia hay dos seriados de televisión con envidiable rating. Uno de ellos, El Patrón del Mal, está realmente bien producido. Pero se ha querido hacer una comiquita, llevar al stage de los héroes y villanos, de la novela de Puzo, de la narrativa gangsta, a un personaje que en vida fue realmente letal. La cacería a la que estuvo sometido por Centra Spike, la división de la justicia yanquee que lo mató, no fue precisamente una comiquita.

Escobar no era un hombre malo. Mató masivamente, porque su guerra era masiva; porque la política es así. Pero si su patio hubiera sido el barrio, la vereda, sus crímenes no hubieran sido la voladura de aviones, ni las fugas estilo mago de ciencia ficción. La historia de la humanidad no es sino una sucesión de atrocidades, donde hay claros de luna estilo Juan Pablo II, o Disneylandia. La guerra es la guerra. Y Escobar peleaba en aras de sus ideales; buenos o malos, pero suyos.

No era un mafioso más. Era EL mafioso. Centra Spike tuvo que triangular sus teléfonos celulares sobrevolando la zona con avionetas para saber dónde estaba. Aun así, siempre lograba escapar. Su delito fue vender cocaína masivamente. Pero uno podría pensar que, más allá de las muchas muertes y destrucciones que origina esa droga dura, también hay toda una cultura que gira en torno a su consumo, como el discomusic o las películas de Al Pacino.

Ponerse sentimental es la peor opción. Lo cierto es que ante la escalada brutal de una izquierda retrógrada, y ante el florecimiento de los asesinos en serie en EEUU, el terrorismo en Europa, los locos que queman Notre Dame, y los kamikaze que matan más de 200 personas en Sri Lanka, uno se pone a pensar: qué tan destructivo hubiera sido Pablo Escobar si no lo hubieran acorralado como lo acorralaron. Es como los leones o las bestias salvajes. Hay animales feroces.

El plomazo de Escobar era un plomazo deluxe. O sea, no era un mafioso más. Era EL mafioso. Pero sin duda lo deseable hubiera sido esto: que en lugar de ser un genio de la mafia, hubiera sido un santo de la mafia. Su lucha, en el fondo, eran los más pobres de Colombia. Y en esto su lucha era cercana al cristianismo. Pero, si bien la violencia no es un antivalor absoluto para los católicos, a Escobar se le iba la mano malamente, y ya no sabía cómo enmendar. Que Dios lo perdone.

lunes, 25 de febrero de 2019

DON'T GET SENTIMENTAL



Por Alejandro Ramírez Morón 

En el verano de 1983, Pablo ya era un conocido criminal para las fuerzas policiales de todo el mundo, pero fuera de Medellín los colombianos no lo conocían tanto”. (KILLING PABLO, Mark Bowden, Pág. 63)

Pablo Escobar no era precisamente un erudito. Es verdad que era un genio del crimen, pero si algo queda claro, es que el genio no necesariamente debe estar facultado para dictar cátedra en Harvard. Un genio solo domina a la perfección una técnica. Ahí está Juan Félix Sánchez, un modesto andino venezolano que levantó prodigios de barro sin haber pasado nunca por una facultad de arquitectura. Hay genios de a pie. Era el caso del Señor Matanza.

No se ponía sentimental. Le tocó un poco lo mismo que a Fito Páez: hacer el bien, y al mismo tiempo, hacer el daño. Era algo técnico. Tan sencillo. Sobre su calidad humana abundan los relatos. Desde los que ha recogido la prensa a posteriori en entrevistas a sus vástagos, hasta los testimonios que deja una de sus amantes más conspicuas: la artista Virginia Contreras, quien hace un libro con revelaciones sobre su vínculo sentimental con El Patrón.

Pero no sé quién dice que sólo una persona superficial no juzga por las apariencias: basta ver una foto de Pablo Escobar (Google imágenes es suficiente) para verificar en su mirada una inocencia intacta, una ligereza de paisa común y corriente, unas pupilas negras de cholo cualquiera, si bien Forbes lo llega a rankear como el 7mo hombre más rico del mundo. Es decir, yo -en lo personal- creo que era más bien una buena persona. Pero este mundo es un valle de balas; un destierro.

Todo negocio tiene una ética. Incluso las prostitutas tienen sus códigos, sus límites, sus puntos de honor. El crimen, la mafia, o como quiera que se le llame, también tiene gente buena, regular y mala, mayor o menormente dotada de ética, de barreras morales, de linderos. Es posible que los negocios de Escobar no fueran la venta de golosinas, pero estoy seguro que su gang hacía gala de mayor hidalguía que un montón de otros gangs que quizás entendían de modo menos altruista la venta de narcóticos a gran escala. Había una guerra por los más pobres “in between”.

Sobre las sustancias y su consumo, ya Fernand Braudel ha dejado una pequeña pero muy completa obra llamada “Bebidas y excitantes”: allí se revisan desde el rapé hasta el agua, pasando por la cerveza y el vino, hasta llegar al tabaco, hoy tan fuertemente condenado en el orbe, por la profusión de muertes que deja el cáncer. Uno podría decir que con la manzana de Adán, nacen al menos tres cosas: la restauración, el fashion, y el crimen.

De modo que para mí no cabe duda de una cosa: Pablo Escobar fue un traficante de drogas temible, acaso entre los 5 más peligrosos de la historia. Pero es abordar el hecho histórico desde la candidez más supina pretender que los malos solo están detrás de una pistola con los seriales desbastados. Dice Charly García algo muy cierto: “los malos de la historia, son los héroes cotidianos”. Lo ha dicho el papa Francisco: también hay una “mala fe”. Muchas señoras de rosario diario, misa semanal y penitencia mensual irán muy fácil al Averno.

FIN

viernes, 23 de marzo de 2018

UN ENEMIGO ENTRAÑABLE


Por Alejandro Ramírez Morón

“Gaviria estaba harto. Harto de vivir durante años con la amenaza latente que significaba Pablo Escobar. A lo largo de toda su campaña se había convencido de que moriría a manos de sus sicarios. En una sola ocasión lo había visto en persona, en 1983, el día que Pablo había acudido al Congreso a ocupar su escaño de suplente”. (KILLING PABLO // Mark Bowden)


Los Miserables, de Víctor Hugo. Si Pablo Escobar era Jean Valjean, César Gaviria era –sin duda- el obstinado policía Javert. Podría decirse enteramente que el archi enemigo por excelencia del Señor Matanza fue siempre el ex presidente Gaviria, quien años más tarde tendría en las arenas políticas venezolanas un rol sinceramente muy lastimero.

Hay varias cosas acá. La clase alta bogotana. Rancia y excluyente. Una tradición de violencia que se va hasta finales del siglo XIX, con los bandoleros en las montañas neo granadinas, y encuentra su quintaesencia en el advenimiento de Escobar a la escena del narcotráfico internacional. Son dos Colombia que marcharon en paralelo, como la esposa y la amante (la otra). Como el día y la noche. Colombia la políticamente correcta; Colombia el principal exportador de cocaína del orbe.

El patrón era un mafioso realmente feroz y despiadado. Por eso Gaviria llega a estar convencido de que Escobar lo hará perecer, más temprano que tarde, a manos de sus sicarios, de alguno de sus hombres. Coinciden en la sede del Parlamento en 1983, en un encuentro que revela cómo la política (vayamos una vez más a Tolstoi) tiene al menos dos caras: la guerra y la paz.

Gaviria logra incluso encarcelar a Escobar, en un momento de su trayectoria como genio del crimen; no precisamente en la curva más alta de la misma, dicho sea de paso. Logra encarcelarlo, pero Pablo pone cuanta condición desea, desde alberca hasta canchas deportivas, pasando –claro- por las bondades del sexo con quinceañeras y otras exquisiteces por el estilo. Harto. Gaviria estaba harto. Logra encarcelarlo, pero –no contento con haber impuesto un presidio a su medida, como anillo al dedo- un día Escobar huye por un túnel subterráneo que ordena cavar desde el día #1 de su encierro. Cuando lo tiene listo, y piensa que ha llegado la hora, huye, como siempre.

Decía Don Vito Corleone, ese personaje emblemático creado por el genio de la novela de la mafia, Mario Puzo, que a los amigos hay que tenerlos cerca, y a los enemigos todavía más cerca. En cierta medida, escribe Puzo en El Padrino, Don Corleone “también era un genio”. Ficción y realidad se persiguen infinitamente, pelean, se juran la muerte, pero siempre gana la realidad. Escobar viene a ser la versión en carne y hueso de ese criminal de frac y rosa en el ojal que pinta el maestro Puzo. Los enemigos más cerca. Esa es la flor de todo esto.

Y es que las enemistades también van acumulando momentos memorables, como los matrimonios, las logias de masones o los Boy Scout. Un álbum de familia. Fotografías del odio, que se atesoran como joyas. En una ocasión, el patrón ordena volar un avión de Avianca en el que viajaría César Gaviria. Al político le dan el pitazo a tiempo, y evita abordar el vuelo en cuestión, pero no hace nada por detenerlo, de modo que el avión igual estalla en mil pedazos en el aire y muere toda la tripulación. ¿Quién hizo gala de mayor crueldad? ¿Escobar o Gaviria? 

FIN

sábado, 10 de febrero de 2018

NEGOCIOS DE FAMILIA



Por Alejandro Ramírez Morón 

“El día en que Pablo Escobar fue abatido, su madre, Hermilda, llegó al lugar andando. Durante la mañana se había sentido mal y por ello en aquel momento se hallaba en una clínica. Cuando oyó la noticia se desmayó (…) Cuando por fin se fue de allí, Hermilda apretó los labios para no dejar entrever emoción alguna y únicamente se detuvo ante un reportero que la apuntaba con un micrófono para decirle: Al menos ahora descansa en paz”. (KILLING PABLO // Mark Bowden // Pags. 9 y 12)

La vida de un mafioso no sólo está al margen de la ley. El crimen implica renuncia, como la santidad. No hay madres, ni acciones preferenciales en club campestre alguno. La sociedad colombiana, quiero decir, la aristocrática clase alta neogranadina, odiaba a muerte a Pablo Escobar. Era multimillonario, pero también era un marginado más. “You don’t belong”, era el mensaje invariablemente para Pablo Escobar.

Sin embargo, desarrolló un nexo muy estrecho con su hijo y su mujer. Cosa nostra. El nombre de su hijo era Juan Pablo (pontificio), y durante la impía cacería a la que estuvo sometido, previa a su ejecución, el vástago del Señor Matanza actuó con la misma sangre fría de su padre, y haciendo gala de una lealtad sin mácula, a prueba de balas.

El gran creador de la novela de la mafia, Mario Puzo, tenía una tesis: los Borgia fueron la primera gran familia del crimen. Y Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI, habría sido el primer gran padrino de la historia. La visión del maestro Puzo está magistralmente plasmada en su obra póstuma, Los Borgia (que terminó de escribir su compañera, Carol Gino), y que en inglés tuvo un título sencillo pero muy elocuente: The Family. Es decir: La Familia. La historia de la mafia, ergo, es la historia de las familias.

Pablo Escobar también supo tener una familia. Era un hombre ferozmente mujeriego, y tenía preferencia por las cachorritas de 13 años, verbigracia. No fue un obstáculo. Fue un hombre de familia. Y sus hombres más cercanos estaban dispuestos a matar y morir por él, como si los uniese con el patrón un implacable lazo de sangre. Hay una familia natural y otra adoptada: esa es la columna vertebral de la obra del maestro Isaac Chocrón.

Pero una cosa es clara: la vida de Escobar fue la de un nómada. Un hombre al margen de la ley. Un extranjero en su propio país. Se supo hacer, sin embargo, de un lugar en el Parlamento, por ejemplo. Antes de convertirse en un blanco certero de los Estados Unidos. El patrón tuvo una vida pública, antes de convertirse en un fugitivo. César Gaviria, acaso su antagonista más férreo, logró encarcelarlo. Pero bajo las condiciones que el Señor Matanza impuso: una cárcel a su medida, con todos los lujos y comodidades. La cárcel se llamó "La Catedral".

Luego, si bien es verdad que su vida siempre estuvo en el borde, al filo de la navaja, no es menos cierto que Escobar supo acuñar un poder sin parangón en la historia de la Colombia del siglo XX. Es seguro que nadie ha tenido tanto poder como él en la Hermana República. Presidentes han ido, y han venido.

Uno puede estar de acuerdo o no con lo que implica vivir al margen de la ley. Pero Escobar no era un simple criminal. Para bien o para mal, era un hombre movido por un ideal, por una lucha social -buena o mala, pero suya-, que iba a tener siempre en los pantalones enlodados de los más pobres.

Sólo Cristo es quién para juzgarlo. Vicio y virtud confluían en Escobar. Lo mismo que en cualquier mortal. Tal vez lo veremos entrar en el Reino de los Cielos, un día antes que muchas señoras de frecuente penitencia, misa y Rosario diario. No lo sé. Sólo Dios lo sabe. Sí...

FIN









lunes, 22 de enero de 2018

ESCOBAR: EL PICASSO DEL CRIMEN



Por Alejandro Ramírez Morón

Allí los dos hombres debatieron los pros y los contras de ordenar la muerte del candidato Galán. Ambos llegaron a la conclusión de que la tormenta que desatarían podía destruirlos, pero Pablo señaló que si Galán llegara al palacio presidencial podría destruirlos también. Se decidió matar a Galán”. (KILLING PABLO / Mark Bowden / Pag. 100)

Se sataniza la figura de Pablo Escobar. Es verdad que era un criminal, pero, ¿no fue contado el mismo Cristo entre los criminales? Tampoco es cosa de subir a un altar a Escobar. Creo que es cosa de justipreciar su voltaje: Pablo Escobar era un genio puro y duro. Un genio del crimen. Pero un genio al fin. Era una especie de Picasso del crimen. El problema con el patrón es que se le iba la mano, y luego ya no sabía cómo enmendar la plana.
Por ejemplo, ordenaba volar en pedazos una librería de Bogotá, y había niños de 8 años que resultaban con los deditos de la mano mutilados. Justos por pecadores. Es verdad. Yo, en lo personal, siento una gran fascinación por la figura de Pablo Escobar. Me parece un personajazo. Llegó a estar rankeado por Forbes como el 7mo hombre más rico del mundo. “El problema con nosotros es que no tenemos dónde guardar el dinero”, dijo una vez, en torno a la banca.
En Colombia, o se le ama a rabiar, o se le odia con todas las fuerzas. Nadie puede negar que hizo gala de una cierta extravagante sensibilidad social. Una vez RCN le preguntó por qué tenía tanto dinero, qué hacía con él. El patrón respondió que su fortuna obedecía a una función social que él cumplía, y que eso todo el mundo lo sabía. No era Teresa de Calcuta. Pero a menudo hizo más por los pobres de Colombia que un montón de políticos de medio pelo.
Desde mi modesta óptica, la historia lo absolverá. Hace no mucho en un río de las afueras de Bogotá comenzaron a emerger algunos hipopótamos. Se descubrió que habían pertenecido a Pablo Escobar, quien en vida hizo traer un montón de animales salvajes de África, para tener en casa su propio zoológico particular. Los años han pasado. La TV colombiana ha recreado el personaje con rotundo éxito de rating. “Ya fue”, como dicen los argentinos.
Escobar llegó a mover aviones con toneladas de cocaína. No la consumía, pero era el zar de la cocaína. Lo suyo era la marihuana. Pasaba todo el día fumando marihuana. Una vez dio una fiesta en su mansión, y descubrió a uno de los invitados robando algunas joyas. Lo ató de manos y pies, y lo lanzó al fondo de la piscina, hasta que el elemento en cuestión murió ahogado. “Esto es lo que pasa a quien roba a Pablo Escobar”, alzó la voz ante el grupo de convidados.
“No matarás”. Es uno de los 10 mandamientos. Eso es verdad. Queda claro que el patrón era cualquier cosa menos un santo. Pero nadie podrá negar que era un genio puro y duro. Un genio del crimen. Pero un genio al fin. Para mi gusto, sin duda, era el Pablo Picasso del crimen.


FIN