sábado, 10 de febrero de 2018

NEGOCIOS DE FAMILIA



Por Alejandro Ramírez Morón 

“El día en que Pablo Escobar fue abatido, su madre, Hermilda, llegó al lugar andando. Durante la mañana se había sentido mal y por ello en aquel momento se hallaba en una clínica. Cuando oyó la noticia se desmayó (…) Cuando por fin se fue de allí, Hermilda apretó los labios para no dejar entrever emoción alguna y únicamente se detuvo ante un reportero que la apuntaba con un micrófono para decirle: Al menos ahora descansa en paz”. (KILLING PABLO // Mark Bowden // Pags. 9 y 12)

La vida de un mafioso no sólo está al margen de la ley. El crimen implica renuncia, como la santidad. No hay madres, ni acciones preferenciales en club campestre alguno. La sociedad colombiana, quiero decir, la aristocrática clase alta neogranadina, odiaba a muerte a Pablo Escobar. Era multimillonario, pero también era un marginado más. “You don’t belong”, era el mensaje invariablemente para Pablo Escobar.

Sin embargo, desarrolló un nexo muy estrecho con su hijo y su mujer. Cosa nostra. El nombre de su hijo era Juan Pablo (pontificio), y durante la impía cacería a la que estuvo sometido, previa a su ejecución, el vástago del Señor Matanza actuó con la misma sangre fría de su padre, y haciendo gala de una lealtad sin mácula, a prueba de balas.

El gran creador de la novela de la mafia, Mario Puzo, tenía una tesis: los Borgia fueron la primera gran familia del crimen. Y Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI, habría sido el primer gran padrino de la historia. La visión del maestro Puzo está magistralmente plasmada en su obra póstuma, Los Borgia (que terminó de escribir su compañera, Carol Gino), y que en inglés tuvo un título sencillo pero muy elocuente: The Family. Es decir: La Familia. La historia de la mafia, ergo, es la historia de las familias.

Pablo Escobar también supo tener una familia. Era un hombre ferozmente mujeriego, y tenía preferencia por las cachorritas de 13 años, verbigracia. No fue un obstáculo. Fue un hombre de familia. Y sus hombres más cercanos estaban dispuestos a matar y morir por él, como si los uniese con el patrón un implacable lazo de sangre. Hay una familia natural y otra adoptada: esa es la columna vertebral de la obra del maestro Isaac Chocrón.

Pero una cosa es clara: la vida de Escobar fue la de un nómada. Un hombre al margen de la ley. Un extranjero en su propio país. Se supo hacer, sin embargo, de un lugar en el Parlamento, por ejemplo. Antes de convertirse en un blanco certero de los Estados Unidos. El patrón tuvo una vida pública, antes de convertirse en un fugitivo. César Gaviria, acaso su antagonista más férreo, logró encarcelarlo. Pero bajo las condiciones que el Señor Matanza impuso: una cárcel a su medida, con todos los lujos y comodidades. La cárcel se llamó "La Catedral".

Luego, si bien es verdad que su vida siempre estuvo en el borde, al filo de la navaja, no es menos cierto que Escobar supo acuñar un poder sin parangón en la historia de la Colombia del siglo XX. Es seguro que nadie ha tenido tanto poder como él en la Hermana República. Presidentes han ido, y han venido.

Uno puede estar de acuerdo o no con lo que implica vivir al margen de la ley. Pero Escobar no era un simple criminal. Para bien o para mal, era un hombre movido por un ideal, por una lucha social -buena o mala, pero suya-, que iba a tener siempre en los pantalones enlodados de los más pobres.

Sólo Cristo es quién para juzgarlo. Vicio y virtud confluían en Escobar. Lo mismo que en cualquier mortal. Tal vez lo veremos entrar en el Reino de los Cielos, un día antes que muchas señoras de frecuente penitencia, misa y Rosario diario. No lo sé. Sólo Dios lo sabe. Sí...

FIN









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