viernes, 23 de marzo de 2018

UN ENEMIGO ENTRAÑABLE


Por Alejandro Ramírez Morón

“Gaviria estaba harto. Harto de vivir durante años con la amenaza latente que significaba Pablo Escobar. A lo largo de toda su campaña se había convencido de que moriría a manos de sus sicarios. En una sola ocasión lo había visto en persona, en 1983, el día que Pablo había acudido al Congreso a ocupar su escaño de suplente”. (KILLING PABLO // Mark Bowden)


Los Miserables, de Víctor Hugo. Si Pablo Escobar era Jean Valjean, César Gaviria era –sin duda- el obstinado policía Javert. Podría decirse enteramente que el archi enemigo por excelencia del Señor Matanza fue siempre el ex presidente Gaviria, quien años más tarde tendría en las arenas políticas venezolanas un rol sinceramente muy lastimero.

Hay varias cosas acá. La clase alta bogotana. Rancia y excluyente. Una tradición de violencia que se va hasta finales del siglo XIX, con los bandoleros en las montañas neo granadinas, y encuentra su quintaesencia en el advenimiento de Escobar a la escena del narcotráfico internacional. Son dos Colombia que marcharon en paralelo, como la esposa y la amante (la otra). Como el día y la noche. Colombia la políticamente correcta; Colombia el principal exportador de cocaína del orbe.

El patrón era un mafioso realmente feroz y despiadado. Por eso Gaviria llega a estar convencido de que Escobar lo hará perecer, más temprano que tarde, a manos de sus sicarios, de alguno de sus hombres. Coinciden en la sede del Parlamento en 1983, en un encuentro que revela cómo la política (vayamos una vez más a Tolstoi) tiene al menos dos caras: la guerra y la paz.

Gaviria logra incluso encarcelar a Escobar, en un momento de su trayectoria como genio del crimen; no precisamente en la curva más alta de la misma, dicho sea de paso. Logra encarcelarlo, pero Pablo pone cuanta condición desea, desde alberca hasta canchas deportivas, pasando –claro- por las bondades del sexo con quinceañeras y otras exquisiteces por el estilo. Harto. Gaviria estaba harto. Logra encarcelarlo, pero –no contento con haber impuesto un presidio a su medida, como anillo al dedo- un día Escobar huye por un túnel subterráneo que ordena cavar desde el día #1 de su encierro. Cuando lo tiene listo, y piensa que ha llegado la hora, huye, como siempre.

Decía Don Vito Corleone, ese personaje emblemático creado por el genio de la novela de la mafia, Mario Puzo, que a los amigos hay que tenerlos cerca, y a los enemigos todavía más cerca. En cierta medida, escribe Puzo en El Padrino, Don Corleone “también era un genio”. Ficción y realidad se persiguen infinitamente, pelean, se juran la muerte, pero siempre gana la realidad. Escobar viene a ser la versión en carne y hueso de ese criminal de frac y rosa en el ojal que pinta el maestro Puzo. Los enemigos más cerca. Esa es la flor de todo esto.

Y es que las enemistades también van acumulando momentos memorables, como los matrimonios, las logias de masones o los Boy Scout. Un álbum de familia. Fotografías del odio, que se atesoran como joyas. En una ocasión, el patrón ordena volar un avión de Avianca en el que viajaría César Gaviria. Al político le dan el pitazo a tiempo, y evita abordar el vuelo en cuestión, pero no hace nada por detenerlo, de modo que el avión igual estalla en mil pedazos en el aire y muere toda la tripulación. ¿Quién hizo gala de mayor crueldad? ¿Escobar o Gaviria? 

FIN

sábado, 10 de febrero de 2018

NEGOCIOS DE FAMILIA



Por Alejandro Ramírez Morón 

“El día en que Pablo Escobar fue abatido, su madre, Hermilda, llegó al lugar andando. Durante la mañana se había sentido mal y por ello en aquel momento se hallaba en una clínica. Cuando oyó la noticia se desmayó (…) Cuando por fin se fue de allí, Hermilda apretó los labios para no dejar entrever emoción alguna y únicamente se detuvo ante un reportero que la apuntaba con un micrófono para decirle: Al menos ahora descansa en paz”. (KILLING PABLO // Mark Bowden // Pags. 9 y 12)

La vida de un mafioso no sólo está al margen de la ley. El crimen implica renuncia, como la santidad. No hay madres, ni acciones preferenciales en club campestre alguno. La sociedad colombiana, quiero decir, la aristocrática clase alta neogranadina, odiaba a muerte a Pablo Escobar. Era multimillonario, pero también era un marginado más. “You don’t belong”, era el mensaje invariablemente para Pablo Escobar.

Sin embargo, desarrolló un nexo muy estrecho con su hijo y su mujer. Cosa nostra. El nombre de su hijo era Juan Pablo (pontificio), y durante la impía cacería a la que estuvo sometido, previa a su ejecución, el vástago del Señor Matanza actuó con la misma sangre fría de su padre, y haciendo gala de una lealtad sin mácula, a prueba de balas.

El gran creador de la novela de la mafia, Mario Puzo, tenía una tesis: los Borgia fueron la primera gran familia del crimen. Y Rodrigo Borgia, el papa Alejandro VI, habría sido el primer gran padrino de la historia. La visión del maestro Puzo está magistralmente plasmada en su obra póstuma, Los Borgia (que terminó de escribir su compañera, Carol Gino), y que en inglés tuvo un título sencillo pero muy elocuente: The Family. Es decir: La Familia. La historia de la mafia, ergo, es la historia de las familias.

Pablo Escobar también supo tener una familia. Era un hombre ferozmente mujeriego, y tenía preferencia por las cachorritas de 13 años, verbigracia. No fue un obstáculo. Fue un hombre de familia. Y sus hombres más cercanos estaban dispuestos a matar y morir por él, como si los uniese con el patrón un implacable lazo de sangre. Hay una familia natural y otra adoptada: esa es la columna vertebral de la obra del maestro Isaac Chocrón.

Pero una cosa es clara: la vida de Escobar fue la de un nómada. Un hombre al margen de la ley. Un extranjero en su propio país. Se supo hacer, sin embargo, de un lugar en el Parlamento, por ejemplo. Antes de convertirse en un blanco certero de los Estados Unidos. El patrón tuvo una vida pública, antes de convertirse en un fugitivo. César Gaviria, acaso su antagonista más férreo, logró encarcelarlo. Pero bajo las condiciones que el Señor Matanza impuso: una cárcel a su medida, con todos los lujos y comodidades. La cárcel se llamó "La Catedral".

Luego, si bien es verdad que su vida siempre estuvo en el borde, al filo de la navaja, no es menos cierto que Escobar supo acuñar un poder sin parangón en la historia de la Colombia del siglo XX. Es seguro que nadie ha tenido tanto poder como él en la Hermana República. Presidentes han ido, y han venido.

Uno puede estar de acuerdo o no con lo que implica vivir al margen de la ley. Pero Escobar no era un simple criminal. Para bien o para mal, era un hombre movido por un ideal, por una lucha social -buena o mala, pero suya-, que iba a tener siempre en los pantalones enlodados de los más pobres.

Sólo Cristo es quién para juzgarlo. Vicio y virtud confluían en Escobar. Lo mismo que en cualquier mortal. Tal vez lo veremos entrar en el Reino de los Cielos, un día antes que muchas señoras de frecuente penitencia, misa y Rosario diario. No lo sé. Sólo Dios lo sabe. Sí...

FIN









lunes, 22 de enero de 2018

ESCOBAR: EL PICASSO DEL CRIMEN



Por Alejandro Ramírez Morón

Allí los dos hombres debatieron los pros y los contras de ordenar la muerte del candidato Galán. Ambos llegaron a la conclusión de que la tormenta que desatarían podía destruirlos, pero Pablo señaló que si Galán llegara al palacio presidencial podría destruirlos también. Se decidió matar a Galán”. (KILLING PABLO / Mark Bowden / Pag. 100)

Se sataniza la figura de Pablo Escobar. Es verdad que era un criminal, pero, ¿no fue contado el mismo Cristo entre los criminales? Tampoco es cosa de subir a un altar a Escobar. Creo que es cosa de justipreciar su voltaje: Pablo Escobar era un genio puro y duro. Un genio del crimen. Pero un genio al fin. Era una especie de Picasso del crimen. El problema con el patrón es que se le iba la mano, y luego ya no sabía cómo enmendar la plana.
Por ejemplo, ordenaba volar en pedazos una librería de Bogotá, y había niños de 8 años que resultaban con los deditos de la mano mutilados. Justos por pecadores. Es verdad. Yo, en lo personal, siento una gran fascinación por la figura de Pablo Escobar. Me parece un personajazo. Llegó a estar rankeado por Forbes como el 7mo hombre más rico del mundo. “El problema con nosotros es que no tenemos dónde guardar el dinero”, dijo una vez, en torno a la banca.
En Colombia, o se le ama a rabiar, o se le odia con todas las fuerzas. Nadie puede negar que hizo gala de una cierta extravagante sensibilidad social. Una vez RCN le preguntó por qué tenía tanto dinero, qué hacía con él. El patrón respondió que su fortuna obedecía a una función social que él cumplía, y que eso todo el mundo lo sabía. No era Teresa de Calcuta. Pero a menudo hizo más por los pobres de Colombia que un montón de políticos de medio pelo.
Desde mi modesta óptica, la historia lo absolverá. Hace no mucho en un río de las afueras de Bogotá comenzaron a emerger algunos hipopótamos. Se descubrió que habían pertenecido a Pablo Escobar, quien en vida hizo traer un montón de animales salvajes de África, para tener en casa su propio zoológico particular. Los años han pasado. La TV colombiana ha recreado el personaje con rotundo éxito de rating. “Ya fue”, como dicen los argentinos.
Escobar llegó a mover aviones con toneladas de cocaína. No la consumía, pero era el zar de la cocaína. Lo suyo era la marihuana. Pasaba todo el día fumando marihuana. Una vez dio una fiesta en su mansión, y descubrió a uno de los invitados robando algunas joyas. Lo ató de manos y pies, y lo lanzó al fondo de la piscina, hasta que el elemento en cuestión murió ahogado. “Esto es lo que pasa a quien roba a Pablo Escobar”, alzó la voz ante el grupo de convidados.
“No matarás”. Es uno de los 10 mandamientos. Eso es verdad. Queda claro que el patrón era cualquier cosa menos un santo. Pero nadie podrá negar que era un genio puro y duro. Un genio del crimen. Pero un genio al fin. Para mi gusto, sin duda, era el Pablo Picasso del crimen.


FIN