lunes, 8 de julio de 2019
PLOMAZO DELUXE
Por Alejandro Ramírez Morón
@aleramireve
Hay todo un culto en torno a la figura de Pablo Escobar. Incluso, uno de sus hijos intentó comercializar una línea de ropa con su nombre, y le fue vetada la venta por las autoridades internacionales. Apología al delito. Y es verdad. Tampoco podemos subir a Escobar a un pedestal. Insisto: se le iba la mano, y ya no sabía cómo enmendar. Era un genio. Pero se le iba la mano.
En Colombia hay dos seriados de televisión con envidiable rating. Uno de ellos, El Patrón del Mal, está realmente bien producido. Pero se ha querido hacer una comiquita, llevar al stage de los héroes y villanos, de la novela de Puzo, de la narrativa gangsta, a un personaje que en vida fue realmente letal. La cacería a la que estuvo sometido por Centra Spike, la división de la justicia yanquee que lo mató, no fue precisamente una comiquita.
Escobar no era un hombre malo. Mató masivamente, porque su guerra era masiva; porque la política es así. Pero si su patio hubiera sido el barrio, la vereda, sus crímenes no hubieran sido la voladura de aviones, ni las fugas estilo mago de ciencia ficción. La historia de la humanidad no es sino una sucesión de atrocidades, donde hay claros de luna estilo Juan Pablo II, o Disneylandia. La guerra es la guerra. Y Escobar peleaba en aras de sus ideales; buenos o malos, pero suyos.
No era un mafioso más. Era EL mafioso. Centra Spike tuvo que triangular sus teléfonos celulares sobrevolando la zona con avionetas para saber dónde estaba. Aun así, siempre lograba escapar. Su delito fue vender cocaína masivamente. Pero uno podría pensar que, más allá de las muchas muertes y destrucciones que origina esa droga dura, también hay toda una cultura que gira en torno a su consumo, como el discomusic o las películas de Al Pacino.
Ponerse sentimental es la peor opción. Lo cierto es que ante la escalada brutal de una izquierda retrógrada, y ante el florecimiento de los asesinos en serie en EEUU, el terrorismo en Europa, los locos que queman Notre Dame, y los kamikaze que matan más de 200 personas en Sri Lanka, uno se pone a pensar: qué tan destructivo hubiera sido Pablo Escobar si no lo hubieran acorralado como lo acorralaron. Es como los leones o las bestias salvajes. Hay animales feroces.
El plomazo de Escobar era un plomazo deluxe. O sea, no era un mafioso más. Era EL mafioso. Pero sin duda lo deseable hubiera sido esto: que en lugar de ser un genio de la mafia, hubiera sido un santo de la mafia. Su lucha, en el fondo, eran los más pobres de Colombia. Y en esto su lucha era cercana al cristianismo. Pero, si bien la violencia no es un antivalor absoluto para los católicos, a Escobar se le iba la mano malamente, y ya no sabía cómo enmendar. Que Dios lo perdone.
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